martes, 4 de enero de 2011

Capítulo 22. Estáis todos contra mí.

Sus manos estaban frías una vez que me dijo lo que quería, volver a un pasado, a un verano, volver a verle.
Sabía que no era una persona cualquiera.
Ellos sabían todo de mí, pero yo de ellos nada, me fié, sabía lo que pasaría, o quizás, esta vez me equivoque. Tenía que apuntarme a un nuevo campus, tenía que seguir mí vida, pero, ¿en cual? No di más vueltas, decidida me apunté en la DAAD.

Había hambre, no tenía mucho dinero, así que me aguanté de camino la habitación, allí tendría un poco más. No era suficiente, y si me lo gastaba no tendría para la cena. Un sobre pasó ligeramente por debajo de la puerta, ¡bingo! –Pensé- justo a tiempo, necesitaba dinero, 5.000 dólares. Tendría suficiente para estos días, dentro de poco me quiero mudar, aquí hace demasiado frío.

Cogí mi pluma marrón, y me dispuse a salir a la calle; dentro de unos días será noche buena, no quiero pasarlo sola, -pensaba mientras miraba los escaparates de una de las lujosas tiendas- pero seguro que me toca, no pasa nada…
Un restaurante un poco viejo me llamó la atención, tenía pinta de ser barato y poner buena comida. No había casi nadie, solo unos cuantos hombres, con barbas blanquecinas tomaban café y chupitos de güisqui. Todos me miraron, era extraño que una chica con el pelo negro estuviera por ese país, ya que todos o son castaños o rubios.

Tal cómo dije, la comida fue barata, y rica. Un chico de un metro ochenta entró al establecimiento, era de piel morena, pelo un poquito largo, castaño y vestía unos simples pantalones de chándal con un pluma negro. Se pidió también algo de comer, su cara expresaba tristeza. Seguí comiendo, lo que me quedaba, está más pensando en mis cosas que me entretenían y me separaban de la vida exterior. << ¡Quiero seguir viviendo mi propio puto cuento! >>

Me levanté de la mesa y me fui, aun que no puede, aquél muchacho se chocó contra mí, me caí al suelo de espalda, me dolía el culo.
- ¡Perdona! ¿Estás bien? –me ofreció su mano fría ocultando una risilla en su cara.
- Sí, claro, no te preocupes, las caídas de espalda son un lujo para mí.
- Perdóname, es que no te vi.
- Que no es nada, una caída más que menos en mi cuerpo. –salía por la puerta, no quería saber nada más del mundo, ya me ha dado más golpes, incluso la gente que no conozco. Alguien me agarró de la mano, me giré, era él de nuevo. - ¿Qué quieres?
- Pues, em, no sé, la verdad, creo que esto es tuyo… -era mío, era mi mp4.
- Gracias.
- De nada, creo que no me he presentado, soy David. – le miré de arriba abajo.
- Yo soy Candela, encantada. – le di dos besos cómo buena chica que soy y seguí caminando.

Rubén estaba en la plaza, jugando con más amigos suyos, no quiero que me vea, sería un total fastidio. Me vio, me saludó, solo se me ocurre agachar la cabeza, ponerme la capucha y seguir caminando, no quiero saber hoy nada de nadie, y menos de chicos. Un sms en el móvil. ¡Qué pesados sois los tíos conmigo! Grité en mi habitación. Marcos, mensaje, Marcos, mensaje. Mi móvil me lo anunciaba, creo que hoy estaban todos en mi contra hoy, hasta mi móvil.

Me daba igual si me echaba de menos, no le pienso contestar, paso de gastar saldo en él. Llamada…