lunes, 22 de noviembre de 2010

Capítulo 15. Siempre se hace nuevos amigos.

Menos mal que no paso nada, que se dirigió para otro lado, rápido me alejé, despidiéndome de las dos, con un frío << adiós >>.
Sabía que si quería mi vida podía colgar de un hilo, aun que ya sé que me estoy volviendo bipolar, cosa que casi no aguanto, es como a las pijas, a las ósea, todas esas personas.

Me alejé todo lo rápido que pude, sin que nadie me reconociera, o si me preguntaban, seguía andando, no quería saber nada de nadie, tenía demasiados recuerdos.
Llegué al maravilloso bosque, que nadie sabía, excepto Edu, donde estaba. Pero sabía que no le iban a llamar, más bien por que no le caía muy bien que digamos a la gente, era otra persona como yo.

Me senté en el suelo, visualizando todo lo que es y era el bosque y en lo que dentro de unos años iban a convertir seguramente en una urbanización, quizás.
Vi un alambre, quizás no sea el mejor momento para hacer experimentos con mi propio cuerpo, pero me estoy cansando de la vida.
Sin dudarlo, lo cogí, lo mire bien, << esto es lo que puede darme la vida, o quizás una simple muerte –pensaba- pero sabía que no iba a ser suficiente, tengo que controlarme, todavía estoy a tiempo de meterme en una secta satánica>>

No todo es de color de rosa, la verdad, o quizás es que sea daltónica. No dude, veía mi sangre surgir de mi muñeca izquierda, como un manantial en primavera. Era roja, roja como las rosas. Era ya tarde, seguro que están preocupados por mi.
Se me estaba yendo la cabeza, quizás por la falta de sangre, pero daba igual, estaba haciendo un esfuerzo por mi parte, estaba andando sin muletas, sin vendas ni nada.

Llegué a mi portal, había una chica llorando, una chica bastante mona, no podía consolarla, eran bastantes los problemas que tenía, sabía que estaba llorando por un chico, al parecer era una vecina mía.
- ¿Por qué lloras?
- A ti que más te da, como si te gustara algún chico. –La verdad, me gusta un chico.
- Mira, por los tíos no se lloran, solo te hacen sufrir. – Empecé a subir las escaleras, sabía que me estaba mirando, sobre todo, la mano izquierda, la miré de reojo, con cara de mala ostia, no tolero a nadie, y menos que me hable de esa forma. Aun me seguía saliendo sangre, y cojeaba un poco, pero no era nada. La muchacha de pelo rizado me seguía mirando, yo creo que tenía unos quince años. No sabe casi nada de la vida.
- Oye, ¿qué te ha pasado en la mano?
- Cosas que te hacen cambiar la vida, pero, tú no lo hagas.
- Por cierto, ¿necesitas ayuda para subir?, es que te veo que estas como cojeando… y no sé – se acerco un poco a mi, esta vez iba a ser maja.
- Venga, vale, ayúdame, me vendrá bien –subió corriendo con una sonrisa en la cara, estaba empezando a recordar como era mis quince años, a esos juegos que solía jugar cuando era, feliz, cuando tenía mi vida, mi vida completa.

Enseguida llegamos a mi casa, la muchacha, era perfecta, la típica muchachita que aun tenía sus sueños, esos sueños por cumplir, esos que aun no se han esfumado de su vida.
La di mi más preciado consejo, ella, al parecer, decía que quería ser como yo, el tipo de chica, joven, que parece una estatua de hierro, que por mucho que la hieran, no se derrumba.

Al día siguiente, bajo a mi casa, por suerte estaba sola, ella, quería estar conmigo, estaba preocupada por mi, encantada, la deje pasar, era una monada de niña, y al saber que era su ejemplo a seguir, la cogí un cariño especial, pero sabía que no iba a ser bueno.

Me dijo su nombre, era María, la pregunta que más me sorprendió fue la que nadie se atrevía a hacerme nunca, se la contesté, sabía que ella merecía saber la verdad, y a mi, a mi me vendría bien desahogarme, lo necesitaba, por que, la verdad, no tenía a nadie para desahogarme.

No hay comentarios:

Publicar un comentario