Sabía que alguien me iba a interrumpir, y por desgracia olvidé haber dejado el móvil en silencio.
Un ligero pitido salía de el, un sms, de Jennifer, ¿una fiesta? No me había enterado de nada.
Íbamos caminado por la calle, tenía que cambiarme, aun tenía tiempo para decidir que me iba a poner, sabía que era una fiesta de disfraces… esta vez decidí sacar mi lado “salvaje putilla” cogí mi body negro, unas medias de rejillas, unas tacones de unos 15 cm y corriendo busqué mis orejitas de conejo, con el lazo que iba en el cuello.
Marcos había ido a por un coche, por que de momento él, podía conducir con total serenidad.
Al llegar a la casa de Jennifer, me quité la gabardina que ocultaba mi disfraz, me estaba mirando de arriba abajo, en realidad se le estaba cayendo la baba, me daban ganas de regalarle una maceta.
Su disfraz era de estas personas que llevan demasiado oro, y no, no son raperos, creo que se llaman… ¿canis? Sí, de eso mismo.
Una vez dentro de la casa, pude visualizar a Jennifer, estaba con Laura y con María, las tres, disfrazadas, estaban las tres cuchicheando, me libre de Marcos y me fui a cotillear de que estaban hablando, la verdad, me interesaba el tema.
Pude ver que en toda la fiesta no era la única putilla, había más, pero, en cambio estás chicas iban en ropa interior, me habían superado. Tenían menos vergüenza que yo.
Al parecer estaban cuchicheando sobre dos muchachos nuevos que acababan de conocer. Uno de ellos era alto, con meca al lado, pelo castaño y un poco largo, no le llegaba ni a los hombros, ni mucho menos, y su piel era blanca.
María le miraba con ojos tiernos, por su mirada se podía saber que se moría por besarle en aquél mismo instante. El otro chico era igual que el primero, pero con la piel más morena y un poco más alto. Jennifer no paraba tampoco de mirarle.
En un momento determinado, unas chicas se acercaron a hablar con ellos, eran unas verdaderas putillas, aparte de su disfraz. Enfadas, se acercaron a ellos dejando a Laura conmigo, en toda la fiesta no se separaron de ellos. En cambio, Laura y yo nos fuimos a la parte de arriba, a la terraza, aun que hacía un poco de frío aguantábamos. Estábamos recordando viejos tiempos, en los que la vida no era tan cruel, ni mucho menos como ahora.
Se había hecho tarde, la mayoría de la gente estaba demasiado bebida, en las condiciones en las que estaba Marcos no podía conducir, así que me toco a mí. Me daba pena dejarle en su casa, por que yo al día siguiente no le iba a llevar el coche, ni mucho menos.
María me llamó entusiasmada, había quedado con esos muchachos y con Jennifer, sé que uno de ellos se llamaba Josué.
Al parecer quería que fuera yo también con ellas, acepte, aun que fuera solo de sujeta velas.
Mientras que Marcos dormía con todo su oro falso sobre mi cama, empecé a leer, no sabía cuando parar.
Hasta la mañana siguiente.
En la que me encontraba sentada en el banco de un parque con un pequeño estanque de ¿patos? Allí, enfrente de mí aparecieron los dos muchachos, para disimular y por propio placer saqué mi cajetilla de tabaco y gustosamente me encendí uno, tenía que aprovechar ahora.
A los cinco minutos aparecieron, había escuchado toda la conversación de los dos muchachos, al parecer el amigo de Josué, Diego, era su hermano y exactamente estaba coladito por Jennifer, nada más que quería probarla, quería liarse con ella gustosamente, más bien la quería tratar como un objeto hasta ver si con ella funcionaría lo que él quisiera; Josué iba por el mismo camino, dentro de poco me vería parándoles los pies a los dos.
Seguía fumando mientras, “sujetaba las velas” mi memoria viajaba entre mis recuerdos, el móvil me empezó a vibrar, Marcos me estaba llamando, quería venir conmigo, había leído la nota que le deje, no tardo nada.
Sabía que hoy era 4, 4 de noviembre, y lo que más sabía era que él me tenía que contar algo y por teléfono no podía ser. ¿Qué sería? Estaba muy nerviosa.
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