sábado, 27 de noviembre de 2010

Capítulo 17. Condenada por la carne. Salvada por la sangre.

La cogí sin dudar, llevaba mi nombre, la leí detenidamente, esta tarde a las cuatro y media en el puente en donde mis padres se conocieron; sabía bien donde estaba ese puente.
Estar en casa sola me daba mala espina, así que preferiblemente salir a comer.

Me encontraba ya en el puente, a la hora justa, comiendo una pequeña magdalena de chocolate, cada mordisco era extremadamente exquisito.
En uno de los mordiscos miré al suelo, allí había otra carta, era igual que la otra.
Querían que me dirigiera a lo largo del puente, en la casa casi en ruinas, la que nadie ha ido a visitas nunca.

No lo dude unos minutos, salí corriendo, me chocaba con la gente que venía del camping o de andar, una de las veces creí ver a Marcos con Jennifer, María, Laura y Lydia, pero no me pare ni ellos se pararon para ver si era yo.
En la casa no había nadie, solo una nota; decidí entrar en la casa, no tenía miedo a lo que fuera a pasar.
Unas cuantas velas por el suelo que alumbraban la oscura sala y una pintada de los nazis.
Se oían pasos, pero a mi no me asustaba, seguramente que fuera algún pirómano; me pincharon algo en el cuello, a partir de ahí ya no recuerdo nada.

Me desperté sentada en una silla, la habitación estaba ambientada, tenía las manos atadas a los reposabrazos de la silla. Aun así, sentía que me podía mover.
Unos señores con el pelo engominado, que se parecían a Drácula, para no ir más lejos, se me acercaron a mí, y no, no me aguanté la risa.

- ¡¿De qué te ríes niña?! – La voz del primero era aguda y resonante.
- De lo que me sale de la punta de la lengua, ¿y tú quien eres para hablarme así? ¡Un respeto eh!
- ¡Dejadla!, aquí quien la va a hacer las preguntas soy yo, vosotros no tenéis que hacer nada. – le mire profundamente, este no era como los otros, tenía su pelo sin engominar, y unas fracciones de la cara demasiadas perfectas, sus ojos brillaban, no sé si me conocía, pero mejor no bajar la guardia.
- ¡¿Y tú quien eres?! Otro chalado como tus amiguitos ¿no? A mí no me toques.
- Tranquila, te conozco desde que eras una pequeñaja, con chupete y pañales, - hay me había humillado.- nada más que ahora te toca saber un gran secreto que solo yo te puedo contar.
- Vale, muy bien, pero, ¿es necesario que me ates las manos a la silla?
- Sí, te hemos estado observando a lo largo de tu vida, y sabemos como irías a reaccionar.

Puso un video, no sé para qué, pero si le hace ilusión no voy a ser yo quien se la arruine.
Aparecían fotos mías, de cuando era pequeña, cosas que nunca me e llegado a acordar, cosas que nadie me llegó a explicar, cosas que resultaban ser del pasado.
Mis ojos se llenaron de lágrimas al ver a mi hermano, al que hacía ya bastante tiempo que no veía que no iba a volver a ver.
<< No llores, se fuerte – me dije – tienes que aguantar, como la chica fuerte en la que te has convertido. >>

Me soltaron las manos, rápidamente me tape la cara, para ocultar esas lágrimas traidoras; note como una mano me acariciaba la espalda; Levante la cabeza, no me dio tiempo a hablar, cuando, ya empezó a hablar.
- Estás condenada por tu carne, ese no debería ser tu cuerpo, ni tus ideales, principales, te tendríamos que matar por todas esas cosas que haces, pero estás salvada por tu sangre, sangre que nadie, excepto tu familia y tus sucesores llevaran, nosotros seremos quienes te cuidaremos.
No le entendí. ¿Qué quería decirme?, especial, ¿yo?

Me levante de la silla, y con todas mis ganas me dirigí a la puerta, no tenía más ganas de estar allí, me estaban diciendo que no me podía ir, ahora bien, ¿soy yo la que lleva el mando?

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