domingo, 28 de noviembre de 2010

Capítulo 18. Los sueños, a veces, se convierten en realidad.

Me sacaron de esa “misteriosa” casa. Al parecer esas personas eran mercenarios de mi padre por una cosa antigua, para mí, están chalados.
Me había quedado con la duda de saber que había pasado antes con mi familia, llamé a mi tía, ella sabría todo lo que yo quería saber.
Tras media hora de historias, llegó a la conclusión de que los largos viajes de mis padres no eran a un camping, eran a sitios como Arabia u otros lugares, ellos, tenían un gran comercio y a gente que quería asesinarlos, las personas que me secuestraron, esos, exactamente esos, eran gilipollas.

Me fui a casa, estaba agotada, mañana sería un día nuevo. A la mañana siguiente, caminando hacía el campus, me encontré con varías personas, pero pasaba de ellas, estaba en estos momentos más centrada en mi vida.
En clase de latín, un sms inoportuno, de momento no conocía el número pero de momento daba igual, no quería verme con nadie, solo, disfrutar de la paz de un día soleado.

Se me pasaron las clases volando, y no dude en irme al bosque, era en el único lugar donde nadie me molestaría, a no ser que dejara el móvil encendido, pero sabía que le iba a poner en silencio.
Saqué una manta y le estiré en el suelo calido por los rayos del solo que habían calentado las hojas caídas del invierno, a lo lejos, parecía una manta de colores rojos y amarillos.
De mi bandolera saqué un bocadillo, era normal, con unas tapas de lomo que me había pedido hoy en un restaurante próximo al campus, la verdad, la comida que hacían allí estaba exquisita.

Cuando terminé, me tumbe boca arriba, contemplando el despejado cielo azul celeste que había hoy en Leeds, por lo menos, hoy, no llovía, se estaba a gusto con una simple rebeca.
Se oían pasos, creía que iba a ser algún zorrillo, o quizás algún lobo, tenía que mantener el control, desde el otro día siempre llevo un arma para protegerme, no me puedo fiar de nadie.
Hice como si no diera importancia a los pasos, sentada, con un simple cuaderno encima de las piernas, escribía, como cuando era pequeña, un diario.

- ¡Hola, cuanto tiempo! – pegue un salto del susto que me había dado.
- Gilipollas, me has asustado, ¡como pretendes hacer eso! –me levante y empecé a pegarle en los brazos con el cuaderno- me tienes harta, ¡harta! –los pájaros salían volando de sus receptivos nidos asustados de las voces que daba.
- Wo, ya veo que estás mejor de tu pierna.
- Sí, gracias –le empecé a mirar por encima del hombro, no me podía creer que me hubiera seguido hasta aquí, hasta donde yo estaba.
- Sabes que te echo de menos –me empezó a dar besitos por el cuellos mientras se sentaba a mi lado, a veces, era demasiado tierno, ya sabéis quien. Lo aparté con la mano, no tenía ganas de sobeteos.

Me levante, alejándome de él, quería pensar, llorar, pero no podía ser, o era brusca como siempre, o todo empezaría de cero y lo que tenía de reputación y de etiqueta personal se cambiaría, en cambio, Marcos no pensaba así, se acerco a mi sigilosamente, y me abrazó por detrás.
<< Eres como el aire que respiro, te necesito conmigo... –me empezó a susurrar- no puedo evitar dejar de amarte, y sí, lo admito, si algún tío se te acercara a ti, me podría demasiado celoso, eres demasiado para mi >> me abrazó más fuerte, pegándome más a él, sentía su pecho junto a mi espalda, su respiración, me estaba poniendo roja…

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